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Al margen de la ética…, si no de la ley

AUTOR(A): Jose Enebral Fernandez TEMA: Etica en los negocios PUBLICADO: 19/10/2004
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Samaranch lo advertía en relación con el doping en el deporte: las normas van por detrás. Algo así pasa con la corrupción y la ley. Suele pasar no poco tiempo hasta que una nueva práctica inmoral, con daño a terceros, sea perseguida por la ley en el mundo empresarial. Los corruptos se defienden diciendo que esto o aquello es “legal”, y puede que lo sea o que no, pero, por lo menos, están fuera de la ética. Sea codicia o negligencia lo que abre el camino de la corrupción, ésta es destructiva para la colectividad y cabe preguntarse por qué no se persigue más. La respuesta va más allá de la complicidad y quizá apunte a las raíces de la cultura al respecto.

Hoy, por cierto, leo en los periódicos (en Madrid) que la Audiencia Nacional juzgará a Emilio Botín (y otros directivos) por un caso de activos financieros fiscalmente opacos, que el banco comercializó a finales de los años 80. El Grupo Santander insiste en la legalidad de sus actuaciones y alega la repetida petición de sobreseimiento y archivo realizada tanto por la Agencia Tributaria como por el ministerio fiscal. Puede que sea legal, o que no lo sea, pero no parece muy ético a primera vista: ya se ira viendo... Parece además que este sólido empresario tiene pendiente otro caso de bonificaciones millonarias, cuya legalidad está pendiente de confirmar.

Semanas atrás, y termino en este párrafo mis referencias a la prensa diaria, leía yo en EL PAÍS una columna titulada Corrupto y confeso, en que se decía que habían hecho falta 13 años para conocer los detalles de la corrupción de un ex juez que, por cierto, gozó de importantes protecciones en la ocultación de sus delitos. Ciertamente, los medios de información ofrecen a menudo noticias que nos servirían igualmente de ejemplo —de ejemplo de aparente abuso de poder—, referidas tanto a empresarios como a políticos e incluso jueces, y que ya leemos con cierta desgana. Felizmente, también hay noticias de empresarios, políticos, jueces y otros profesionales, que reconfortan.

Dejando entonces a un lado la prensa diaria, se lee en el último libro de Peter Drucker: “Creo que es social y moralmente imperdonable que los directivos cosechen unos enormes beneficios para ellos mismos, pero despidan a los trabajadores”; en el mismo libro, el autor dice que le horroriza la codicia de los ejecutivos actuales. Si el lector me sigue, me referiré aquí al mundo empresarial, de donde brotan emociones positivas y negativas, y en el que hay conductas acordes con la ética y también algunas claramente inmorales.

Interesado en el tema, ya he escrito algunos artículos sobre la integridad (y la corrupción) de los directivos; con ellos quería subrayar la importancia de la ética en la salvaguarda de la prosperidad y de la calidad de vida en la empresa. También planteaba yo al lector el dilema de los testigos de la corrupción. Ahora, en este nuevo texto, deseo insistir en el margen que la ley deja a los empresarios, y también en la capacidad de maniobra de los directivos dentro de la organización. La autotelia o vocación profesional parece sucumbir ante algunos apresurados buscadores de fortuna, grandes expertos en explorar y explotar la “terra incognita” de la ley. Se diría que los negocios ya no son lo que eran, y que los mejores beneficios llegan más de lo intangible que de lo tangible. Todavía parece practicarse, por ejemplo, lo de la compra, el inflado y la venta de empresas, aunque a veces la burbuja se malogra antes de lo previsto y se nos deshace en las manos.

A este fin de comprar barato y vender caro puede contribuir, por ejemplo, el denominado management buy out (MBO), práctica en alza de la que cada día se habla más en los medios económicos. Obviamente, el MBO no supone siempre situarse fuera de la ley o de la ética. En teoría parece tratarse de la compra de la empresa por sus directivos, pero uno puede encontrarse casos en que los directivos parecen ir de acompañamiento…

(Ya relaté en un artículo anterior el caso del MBO de la consultora FYCSA, vendida en condiciones extraordinariamente favorables a sus directivos y a la consultora Gestlink, aunque poco después apareció como propietario justamente quien la vendió: el ex presidente de Alcatel España (ahora presidente de Nazca Capital, FYCSA, Cosecheros Abastecedores..., consejero de Azkoyen, Alcatel, Telefónica Móviles, SKF, Sodena…, etc.), Miguel Ángel Canalejo Larrainzar. FYCSA intentó llamar la atención de los medios sobre sus espectaculares previsiones de crecimiento, apoyado éste en la expansión del e-learning, pero sus ventas en 2003 se quedaron en la quinta parte (un 20%) de las supuestas previsiones anunciadas. Había aumentado sensiblemente su plantilla con consultores jóvenes, pero luego tuvo que despedir a algunos senior).

Desde luego, el desprecio de la ética, si no también de la ley, se da a menudo en la vida cotidiana de las empresas, al margen de operaciones de compraventa u otras. La corrupción de algunos ejecutivos y directivos, no sólo codiciosa sino entendida con amplitud, incluye prácticas como las siguientes:


  • Utilizar la empresa para hacer negocios de carácter personal.
  • Recibir comisiones de proveedores de servicios, a tal efecto contratados.
  • Castigar económica y psicológicamente a los colaboradores que conservan independencia de criterio.
  • Practicar el acoso sexual, aprovechando la posición de poder.
  • Beneficiar a amigos o familiares, a cargo de la empresa.
  • Imponer la mediocridad del entorno, para asegurar la posición propia.
  • Distribuir privilegios entre los empleados, de forma caprichosa o bajo espurios intereses personales.
  • Malgastar el dinero de los presupuestos que se administran.
  • Hacer de la mentira y el cinismo herramientas habituales de comunicación.
  • Preferir la tranquilidad a la verdad y castigar a los mensajeros.
  • Atribuirse méritos ajenos y desviar la responsabilidad por los fracasos.
  • Humillar públicamente a los subordinados y descalificar a los ausentes.
  • Utilizar medios y fondos de la empresa para fines particulares.
  • Mentir al mercado en informes, notas de prensa, etc.
  • Asignarse suplementos dinerarios injustificados.
  • Perseguir el poder simplemente para tenerlo, y no para hacer cosas grandes.
  • Pagarse distinciones, galardones o nombramientos con dinero de la empresa, para nutrir el ego.
  • Excederse en los viajes y realizarlos con fines particulares.
  • Practicar artificios contables, para evadir impuestos u otros fines perversos.


La sociedad, por decirlo de alguna manera, parece aceptar —dar por inevitable— la corrupción, y quizá sólo se retira el respeto a los corruptos cuando son abiertamente descubiertos, o cuando son demasiado imprudentes o aun jactanciosos; como si ése fuera su error: la notoriedad. De modo que todo esto se sostiene en el sigilo, en la salvaguarda de las formas, en la neutralización de los testigos, incluidas, en su caso, las víctimas. Dentro de la empresa, la corrupción codiciosa puede no ser la más grave, pero sin duda lo es, y no puede orquestarse sin la anuencia o protagonismo de la Alta Dirección, es decir, de quien tiene el poder: el CEO.

Trabajando yo en este tema, he leído casualmente unas interesantes páginas de la Red, que incluyen referencia a un magnífico artículo (2003) de la revista Fortune. Se viene a denunciar una elevada inmoralidad de algunos CEO´s, con independencia de la consideración legal que su actuación merezca. Se habla de su enriquecimiento desmesurado mediante prácticas diversas, mientras sus empresas se empobrecen muy sensiblemente y llegan, en algún caso, a la quiebra. Se proporcionan ejemplos correspondientes a distintos países, pero en este artículo mío habrán visto que mi país está igualmente en el mapa, aunque no destaque especialmente.

Poder y corrupción

Observemos el ejercicio del poder dentro de las empresas. Como se sabe, el Consejo de Administración delega el mismo pasando por notaría, con lo que la responsabilidad de las actuaciones queda en el receptor (consejero delegado), sin excluir consultas e informes periódicos. Veamos algunas facultades delegadas:

“Comprar, vender, traspasar, permutar, dar y tomar en opción de compra o venta y disponer, en cualquier otra forma admitida en Derecho, de toda clase de bienes muebles e inmuebles y derechos, materiales e inmateriales, constituyendo o aceptando, en caso de aplazamiento del pago o cobro de los mismos, garantía reales en especial las de naturaleza hipotecaria y personales así como condiciones resolutorias, con facultad de cancelarlas en su día; practicar notificaciones y requerimientos, contestando los que se hagan a la entidad poderdante; otorgar y suscribir cuantos documentos públicos y privados fueren necesarios al efecto y ejecutar aquellos actos incidentales o complementarios de lo dicho, sin limitación alguna”.

En este mismo caso –está tomado de la delegación a un consejero (1999) en una de las empresas (70 empleados) de un grupo importante que, en total, empleaba unas cinco mil personas–, la serie de infinitivos continuaba:

“Librar, aceptar, endosar, descontar, cobrar, pagar, avalar, intervenir, protestar y negociar letras de cambio... Concertar toda clase de préstamos...; avalar préstamos y créditos otorgados a Sociedades en cuyo capital participe la poderdante; estipular plazos, intereses, forma de pago y cualesquiera otros pactos comunes o especiales...”.

A un lector ajeno a estas fórmulas, parece que el primer ejecutivo es todopoderoso, y cabe suponer que la delegación se produce sobre personas que merecen la confianza del Consejo, tanto por su perfil profesional como por su comportamiento ético..., suponiendo que la ética constituya una exigencia del Consejo. El hecho es que los abusos de poder se producen y se sostienen, aunque sean de conocimiento público. Desde luego, no cabe imaginar que un alto ejecutivo tolere la corrupción de un subordinado, formalmente apoderado o no, sin que participe de las ganancias o sin que haya algo que obligue a la tolerancia. Podría incluso ocurrir que el directivo facultado lo sea para llevar a cabo misiones especiales.

Si un poderoso ejecutivo deseara hacer uso de sus facultades en beneficio propio, previsiblemente tendría que comprar complicidades entre sus colaboradores próximos; de modo que a menudo la corrupción se extiende por su propia naturaleza, y no siempre hay fondos para comprar todas las cooperaciones o silencios necesarios. De hecho, algunos presidentes de grandes empresas han tenido que dejar su cargo y la organización, por la denuncia de algunos testigos no silenciados.

Dinero y corrupción

Seguimos observando aquí a las empresas en su funcionamiento interior. Obviamente, las operaciones comerciales se prestan a comisiones y complicidades; pero, por concretar, podemos detenernos en dineros especialmente atractivos para directivos corruptos. Si un directivo tuviera un presupuesto para la compra de suministros, enriquecerse a costa de la calidad de los mismos se advertiría por los usuarios; pero hay suministros cuya evaluación de calidad es bastante relativa. Pensemos, por un momento, en los dineros de la formación continua de directivos y trabajadores. Se sabe que, en general, la formación, aunque consume presupuestos elevados, no suele alcanzar los objetivos que declaradamente persigue. Tomemos como ejemplo los dineros de la formación en las empresas.

Hay naturalmente empresas que administran bien sus presupuestos de formación, y, además del aprendizaje, obtienen mejora en la motivación y la satisfacción de los participantes en las acciones que se orquestan; pero hay otras empresas que, al mismo tiempo que proclaman sus grandes inversiones en formación, declaran su desinterés por una calidad excelente de la misma, y optan por una calidad media. De hecho, algunos proveedores de formación de directivos (por ejemplo Grupo Doxa, PricewaterhouseCoopers, Epise, Tea Cegos, FYCSA, Development Systems, BearingPoint...) declaran que las empresas compran formación por precio, y no por calidad. Es más, José Ignacio Díez, Consejero Delegado de FYCSA —la empresa de cuyo MBO habíamos hablado—, responsabiliza a sus propios clientes de los fracasos en materia de e-learning: “estos directivos no se dejan asesorar por las consultoras que contratan y, al final, pasa lo que pasa”.

En efecto, como se ha visto en un reciente estudio de Accenture en diferentes países, la formación en las empresas no resulta eficaz, por muchos millones de euros (o dólares, etc.) que mueve, y sin que parezca tomarse conciencia de ello. Otro estudio, ahora de Santillana Formación, venía hace meses a evidenciar que los usuarios de e-learning desestimaban esta modalidad de aprendizaje, quejándose de la ineficacia de los contenidos que se les ofrecían; curioso dato, después de que responsables de formación de grandes empresas (incluida Telefónica de España) proclamaran en 2003 el éxito del e-learning, y formularan las claves del mismo en un libro de la Biblioteca de Aedipe (Asociación Española de Dirección de Personal).

De modo que los dineros de formación parecen no usarse siempre bien, sin que nadie parezca responsabilizarse de los desaciertos; si no hay corrupción codiciosa, hay corrupción negligente. No parece ético que las áreas de Recursos Humanos se muestren satisfechas de la formación que orquestan —y luzcan vistosos informes anuales llenos de cifras—, mientras que sus clientes internos se muestran insatisfechos, ya sea con el e-learning o con otras modalidades. Se da el caso de que algunas áreas de formación de grandes empresas estimulan el seguimiento de cursos mediante sistemas de créditos o puntos que amenazan influir en la trayectoria profesional, sin establecer medidas de la eficacia de la formación programada.

Habrá empresas en que se empleen bien los fondos, se consigan oportunas subvenciones, se satisfaga a los usuarios, y se obtenga visible mejora del desempeño; pero, según la encuesta de Accenture, serían minoría. Hay que pensar, por consiguiente, que la administración de estos presupuestos presenta un amplísimo margen de mejora en una mayoría de grandes empresas. Elegí este ejemplo de la formación en las empresas porque me pareció, por decirlo así, inmoral, nada ético, que las áreas de recursos humanos proclamaran éxitos que sólo satisfacían a sí mismas, o que compraran formación por precio, sin atender a la calidad del servicio (como dicen los principales proveedores). Pero subordinen mi punto de vista al suyo propio —el de usted, estimado lector—, y a su confianza en las encuestas.

Conclusión

En realidad no pretendo formular conclusiones, sino terminar el artículo antes de liarlo más. Al abordar el tema de la integridad de los directivos, a lo que pretendo modestamente contribuir es a la reflexión sobre una mayor presencia de la ética en las empresas (en su interior y en sus operaciones exteriores); entre otras cosas por mor de la calidad de vida en las mismas. No se trata de vivir bien en la oficina tal como esta expresión pueda coloquialmente entenderse, sino de llevar una vida más moralmente sana y gratificante, en beneficio del rendimiento y de la satisfacción colectiva; de poner todos los intereses en línea y los esfuerzos en sinergia, y de volver a casa satisfechos y receptivos cada día.

Lamentablemente, mi impresión de observador es que, en los negocios, la ética tiene menos presencia que la corrupción, y que ésta es más dañina de lo que parece; a veces creo que es incluso dañina para los propios corruptos. Pero deseo acabar recordando al lector puntos de vista más valiosos que el mío. Carlos María Moreno, profesor de Antropología y Ética: “El directivo centrado en la integridad genera confianza y nutre su credibilidad. Tanto la confianza como la credibilidad son laboriosas de conseguir, pero muy rápidas de perder...”. Al distinguir entre valores y virtudes, el profesor Moreno sitúa la integridad en un terreno intermedio; curiosamente y en efecto, a menudo se habla de la integridad como virtud: “La virtud más admirable en toda persona, tanto directivos como trabajadores, es la integridad. Lo más importante es ser íntegro y honesto”, dice Juan Miguel Antoñanzas, uno de nuestros directivos de prestigio.

Y más al respecto: “La integridad es un rasgo de carácter que abarca las virtudes cardinales, o sea, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza”. Así lo sostiene Ray F. Carroll, pero también otros autores aluden a las virtudes cardinales al hablar de integridad. Ya se entenderá, no obstante, que no se precisa ser creyente ni practicante en lo religioso, para ser íntegro en lo profesional. Y, aludiendo también y de paso a lo legal, déjenme recordar un apunte de José María López de Letona: “En el mundo empresarial, no todo lo que es legal es ético”. Viene bien este aporte, porque efectivamente los corruptos de cuello blanco, en sus maniobras, parecen ir más deprisa que las leyes, como ya habíamos comentado al principio.

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Comentarios sobre el artículo
anónimo Perú09 de julio de 2006
esta muy interesante este articulo..........
laura perez ayala20 de octubre de 2005
ESTA SUPER BIEN ESTO... CHIDO!!
anónimo Venezuela26 de octubre de 2004
como combatir la falta de integridad dentro de la empresa publecas
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