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Allá tú (o la pequeña historia de una gran decepción)

AUTOR(A): Juan Carlos Díez Posada TEMA: Motivacion PUBLICADO: 29/04/2008
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Cierto día, al despuntar el alba, una joven y vigorosa avispa amarilla se dispuso, como era habitual, a salir en busca de una jugosa abeja, su presa favorita. Mientras afilaba sus mandíbulas y se acicalaba, sus compañeras la rodearon y comenzaron a cuchichear entre sí. Sentían gran admiración por ella, pues rara vez regresaba al panal con el estómago vacío, pero al mismo tiempo le temían, porque era jactanciosa, ruda y pendenciera.

Anda, compañera, ten un poco de consideración con nosotras y dinos cuál es tu secreto, le dijeron. Vamos, dinos qué deberíamos hacer para alimentarnos tan bien como tú… ¡Ciegas y tontas!, les gritó la ríspida y engreída. ¡Torpes e ingenuas! ¿Acaso no se han dado cuenta de que las abejas y nosotras, las avispas amarillas, somos casi idénticas? ¿Nunca han reparado en eso? Ya que tanto insisten, ese es el secreto, y claro —dijo frotándose las patas y exhibiendo una mueca burlesca— mi audacia y mi ingenio. Nunca temo acercármeles a tres o a cuatro abejas, y hasta a doce, si es del caso. He aprendido a volar como ellas, a saludar como ellas, a ser como ellas. Impregno mi lengua de néctares deliciosos y les digo: Ea, queridas amigas mías, síganme, síganme que allí donde yo voy abunda el alimento. Y las abejas me siguen, por supuesto, y las conduzco a un agujero, y las encierro, y las debilito, y luego mmmmm, banqueteo.

Ese es uno de mis trucos favoritos, y bueno, ya es suficiente por hoy, ¡invéntense los suyos y hasta luego! Entonces la avispa soltó una risotada maliciosa y emprendió el vuelo.

Al cabo de media hora, una ráfaga de viento la desvió bruscamente hacia la dura corteza de un árbol, chocó, cayó al suelo y perdió el conocimiento. Cuando despertó, observó que tres abejas revoloteaban alrededor de unas hermosas y fragantes flores amarillas. Intentó unírseles, pero tenía tres patas rotas y un tremendo mareo. Apenas pudo alzar la voz para llamar su atención. Amigas, amigas, aquí, aquí abajo, socórranme o me muero… Las abejas descendieron y comprobaron que la pobre moriría si no recibía auxilio. Entre las tres la sujetaron y la transportaron hasta el panal lo más pronto que pudieron.

Una vez allí, la avispa recibió todo tipo de atenciones y cuidados. Tendrás que permanecer no menos de tres semanas aquí, y luego podrás regresar a tu panal… Y a propósito, ¿tu panal está muy lejos?, le preguntaron sus benefactoras. Esteee, no, queridas, no, la verdad no está muy lejos. Queda cerca de la Colina del Arco Iris, allí donde cantan las cascadas y donde los peces plateados saltan y juegan todo el día. Los árboles son tan altos que les hacen cosquillas a las nubes y las hacen llorar de la risa, y… y…

Las tres abejas obreras se sentían orgullosas de su buena obra, hasta que un buen día un grupo de abejas adultas, muy mayores, se acercaron y les dijeron: Abejas bienhechoras, cuidado, no es una abeja en desgracia a la que cuidan, es una avispa solapada, artera y maliciosa. ¡Se equivocan, es abeja, es abeja!, respondieron en coro, indignadas. Es amable, cariñosa y nos cuenta mil cuentos; su lengua trae dulcísimas esencias que muy pronto probaremos. Advertidas están —replicaron las mayores; dejen que se cure y ya veremos.

Sanó la avispa y, en una espléndida mañana, dijo: Ustedes, mis tres auxiliadoras, y todas aquellas que quieran seguirme, vengan conmigo. Prometo pagarles los favores con dulzuras exquisitas, con flores por montones. Y así, tras la avispa, volaron sus tres amigas bienhechoras, y otras veinticuatro abejas, hambrientas, revoltosas y muy jóvenes…

Cierto día, un buen amigo, agrónomo de profesión, me llamó y me contó algo que acababa de sucederle, algo que me inspiró esta fábula de la avispa amarilla, cazadora de abejas. Mi amigo estaba perplejo, dolido, con la ira atravesada en la garganta. Era un sábado en la noche. Horas antes había ido al supermercado. Llegó a su edificio de apartamentos y observó que un muchacho, cabizbajo, tenía un brazo apoyado en la pared donde se hallaba el tablero de citófonos. Mi amigo descendió al sótano, estacionó su auto y descargó las bolsas con los víveres de la quincena. Oprimió el botón del ascensor y al cabo de un par de minutos se dio cuenta de que el elevador estaba fuera de servicio. Tomó unas cuantas bolsas y subió por las escaleras hasta el primer piso.

Al llegar allí vio al hombre joven, parado frente a la puerta de un apartamento. Mi amigo lo miró, lo saludó y descargó las bolsas en el suelo. Regresó al sótano y recogió las bolsas restantes. Cuando las descargó, el hombre joven se dirigió a él. Le contó que estaba buscando a alguien del apartamento 101, alguien que lo había contratado alguna vez en la central mayorista de abarrotes. Trató de extenderse en detalles, pero mi amigo lo atajó y le dijo: Hágame un gran favor. Ayúdeme con estas bolsas. Sígame y luego termina de contarme su historia. El joven accedió y lo acompañó hasta el quinto piso.

Juntos bajaron hasta la puerta de entrada del edificio. Mi amigo se cruzó de brazos e instó al hombre joven a contarle sus cuitas. El joven, algo tímido, delgado, de bigotito ralo y poca instrucción, estaba desempleado y desesperado. Entre quejas, suspiros y lagrimeos, le dijo que estaba dispuesto a realizar cualquier oficio, el que fuera, con tal de salir de apuros. Mi amigo le explicó que, en aquellas circunstancias, no podía prometerle nada, que nada sabía de él, pero que quizá un amigo suyo podría darle empleo justamente en la central mayorista de abarrotes. Mi amigo le copió su número telefónico y le pidió que se comunicara con él la semana siguiente. Antes de retirarse, el joven le dijo que había caminado más de cincuenta calles para llegar hasta allí y que ya no tenía dinero para regresar a su casa, situada en una población más allá del área metropolitana.

Mi amigo se quedó pensativo, lo miró de pies a cabeza y le dijo: Bueno, le debo una propina por haberme ayudado con las bolsas del mercado, pero… Aquí solo tengo un billete de 50 mil (unos veintiocho dólares al cambio actual). Hagamos un trato. Voy a darle 5 mil pesos. Tome el billete, vaya hasta aquel casino de la esquina y me trae el cambio, que aquí lo espero. Ah, y una cosa más. Recuerde que no tengo idea de quién es usted. Voy a creer en cada una de sus palabras y espero que me demuestre que usted es de fiar, que en realidad se merece una oportunidad… ¡Por Dios, cómo se le ocurre decir eso! Ahora mismito regreso, repuso el mocete entre aspavientos.

Mi amigo lo siguió con la mirada hasta que ingresó al casino. Al momento recordó que dicho lugar tenía dos accesos, el de esa calle y el de la avenida. Pasaron cinco minutos. Diez… Oh, oh, oh, no, no puede ser. Desencuentros cercanos del peor tipo. ¿Entraría al excusado ese “avispado”? Mi amigo se llevó la mano a la cabeza y se rascó detrás de la oreja. Caminó hasta el casino, entró y echó un vistazo. Abracadabra, simsalabim… Los 50 mil y su nuevo dueño se habían esfumado.

Regresó hasta el portón del edificio y en aquel momento apareció Belisario, uno de sus vecinos. Mi amigo, resoplante y malhumorado, le relató lo que acababa de suceder. Belisario lo escuchó, sonrió discretamente, le puso la mano en el hombro y le dijo: Estimado vecino, qué le vamos a hacer. Por esta vez, ese sinvergüencita tuvo suerte. Seguro oprimió los botones de todos los citófonos y alguien le abrió la puerta. Quería rondar, ver qué conseguía y se topó con tu generosidad. La verdad, perdiste poco, pero a la vez, creo que perdiste mucho…

Magnífica paradoja. Triste y cotidiana realidad. Por aquello del efecto mariposa, todos perdemos o ganamos, poco o mucho, en el ejercicio del libre albedrío de un gobernante provocador y megalómano, de un funcionario estatal corrupto y negligente, de un Warren Buffett o de un niño de la calle que comparte un mendrugo de pan con su querido perro. Aquel día, por desgracia, a mi amigo se le empedraron algunos gramos de corazón. Y si esa funesta experiencia se repite una y otra vez, si se multiplica por doquiera, como ocurre en muchas sociedades, en muchos ambientes, y hasta en la convivencia familiar, grandes virtudes correrán a esconderse en lo profundo del corazón de los desencantados. Cundirán, irremediablemente, el escepticismo, el egoísmo y el cinismo.

Luego de relatarme aquella pequeña gran decepción, medité un buen rato en ese P&G de la conducta humana, en todo lo que significa perder y recobrar ese supremo bien, ese supremo valor que llamamos confianza. En todo lugar y en cualquier época, todos esperamos que suceda algo, que se haga algo, que se resuelva algo, que se responda por algo. Todos los días amanece, y siempre esperamos la luz después de la oscuridad. Siempre llueve sobre justos e injustos, y esperamos que así continúe sucediendo. Siempre, a pesar de todo, confiamos, pero a la vez queremos confiar mucho más en las decisiones del otro, en el poder y la autoridad del otro, en la voluntad y el empeño del otro. ¿Quién era Rowan, el personaje central de la famosísima Carta a García? ¿Quién era este paradigma tan citado y tan leído en las charlas sobre crecimiento personal, liderazgo, proactividad, alto rendimiento en el trabajo en equipo, capacidad de respuesta a las circunstancias adversas y tantos otros tópicos que se trabajan hoy día en los foros, en los simposios y en las actividades de capacitación empresarial? ¿Por qué le fue delegada una tarea ardua, azarosa y casi imposible de cumplir? Porque Rowan era, ante todo, una persona confiable.

Bonita esa tarea de construir y desarrollar el supremo valor de la confianza en nuestras organizaciones, de ganar y ofrecer confianza en nuestro entorno laboral. Y como la fábula de la avispa y las abejas quedó en suspenso, con mucho gusto les regalo el final:

Volaron un buen rato, y al fin, el premio. Una buganvilla muy crecida, hermosa y medio oculta, repleta de flores bermellonas, repleta de jugos exquisitos. Las felices y algarabiadas abejas no lo podían creer. La avispa amarilla recibió hurras y vivas, besos, abrazos y afectos. Y esto no es nada, mis queridas —les dijo; vamos, vamos ahora mismo a la gruta del Valle Nuevo. Tenemos que entrar por un agujero estrecho, pero más allá, ¡ahhhh!, ni se lo imaginan, la delicia de las delicias. Verán, son tantas y tan inmensas las flores que el néctar se derrama y forma un arroyuelo…

Y así, entre halagos y empalagos, las fue conduciendo hasta el agujero. Frotábase las patas en el aire, diciéndose una y otra vez en sus adentros: Si me vieran esas taradas, esas ingenuas compañeras mías… ¡Este sí que es todo un récord!

¡Llegamos, amigas, véanlo, allí está! Y cuando la última de las abejas había entrado al agujero, la avispa estalló en risas, revoló feliz, cargó una piedrecilla, y otra, y otra, y taponó el frío y musgoso acceso. ¡Son mías, mías todas! ¡Comeré y me saciaré, y hasta sobrados les dejaré a mis congéneres bobas!

De pronto, la avispa sintió zumbidos a su espalda. Tres abejonas corpulentas, ya mayores, cercaron a la insidiosa avispa y le dijeron: Hasta el último momento fuiste aprovechada. Pues despídete ahora mismo de tu suerte y de tu vida. Fuiste avispa a tu llegada, y serás avispa en tu partida.

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