Naturalmente hay crisis, y estamos entrando en ella desde el mismo momento en que se estaba hinchando la burbuja inmobiliaria, desde que se empezó a consumir de forma salvaje, o se vendía la idea de los duros a cuatro perras, porque cuando la publicidad te dice “usted puede…ser, tener, convertirse sólo comprando, etc, ¡malo!, porque todo cuesta algo y sabemos que eso no funciona, quizás porque los empresarios tenemos la manía de contar y al final todo debe cuadrar.
Ni se puede comprar un bmw con un sueldo de mil y pocos euros al mes, ni se puede dedicar la mitad del presupuesto familiar a pagar la hipoteca, eso no es así porque históricamente nunca fue de esta manera. Aquello de los intereses al 2,1 % ha sido una trampa con final desastroso para muchas familias poco conscientes. Por algunas –seguro que explicables- razones se favoreció el consumo, se llegaron a dar hipotecas al 120 % del valor real y al final hemos acabado subiendo de cuarto a “cuartillo” los intereses, hasta más del 5 % para parar la inflación.
Eso me lleva a pensar en el cambio de paradigma que tenemos en este iniciado siglo XXI. Hemos enterrado con excesiva ligereza, el concepto tayloriano del trabajo, o sea, una persona, una función, creyendo que en estos tiempos en los que tanto se habla de la gestión del conocimiento, todo el mundo trabaja igual y eso supondría que todas y todos estamos dispuestos a aportar valor añadido, meter más horas, formarnos o asumir retos y compromisos.
Parece que a mucha gente le han colocado la zanahoria del consumo haciéndole creer que con poco esfuerzo podría conseguir lo mismo que otros vecinos europeos, cuyo nivel de vida está directamente proporcionado al esfuerzo que dedican para tenerlo y esto no es así.
Siempre se ha dicho que las crisis, como las grandes tormentas, sirven para limpiar los viejos hábitos, que una misma puede salir de ellas reforzada y que para mucha gente representa una oportunidad de cambio. Pues bien, yo me apunto a estas consecuencias, porque estoy convencida que una vez superada, quizás mucha gente aprenda a “comprar” de forma más inteligente. A lo mejor vuelve también la costumbre de ahorrar para tener una casa y todos nos volvemos un poco más responsables y hasta llegamos a tener el valor de apagar la “tele” cuando vemos que puede crearnos adicción, pues los vicios siempre fomentan el ocio y acaban costando dinero.
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