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De la Sociedad de la Informática a la del Conocimiento

AUTOR(A): Jose Enebral Fernandez TEMA: Gerencia del Conocimiento PUBLICADO: 02/03/2007
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Sin duda, la alfabetización digital o informática será un objetivo donde no sea un logro, y bienvenidos sean los esfuerzos aplicados. Pero es verdad que a menudo se vincula muy rápidamente, de modo demasiado inmediato, esta alfabetización de nuestros días con la Sociedad de la Información y el Conocimiento, cuando no con su álter ego, la denominada economía del conocimiento y la innovación.

La alfabetización digital es un paso necesario, y los poderes públicos se muestran aquí protagonistas; pero en estos párrafos les invito a hablar igualmente de la alfabetización informacional, tan inseparable hoy del postulado del aprendizaje permanente, si pensamos en los profesionales de los diferentes campos técnicos y científicos. Si hemos de distinguir la Sociedad de la Informática de la Sociedad de la Información, y ésta de la Sociedad del Conocimiento, entonces déjenme insistir en la destreza informacional.

Quienes ya se manejan aceptablemente bien con las tecnologías de la información y la comunicación, han de manejarse igualmente bien con la mucha información disponible en soporte electrónico (y en soporte impreso), para seleccionar la más idónea en cada caso y traducirla debidamente a conocimiento aplicable.

Parece haberse acuñado el acrónimo ALFIN para referirnos a la denominada “alfabetización informacional”, movimiento que apunta a la suficiencia en el uso de la información. Esta alfabetización se vincula sólidamente con el aprendizaje continuo, que resulta inexcusable en esta Sociedad de la Información y el Conocimiento. Pero, más allá de la suficiencia, el nuevo trabajador del conocimiento ha de perseguir la excelencia informacional: ha de hacer una excelente traducción de la información existente a conocimiento aplicable.

Hace algo más de diez años, empezaron a extenderse de manera separada dos conceptos relacionados con la Sociedad de la Información: en las empresas, la gestión del conocimiento; y en las universidades, la suficiencia o destreza informacional. El primero (knowledge management) parecía suponer una especie de reingeniería conceptual de los tradicionales sistemas de gestión de la información en las empresas, atendiendo con mayor cuidado a la información técnica, funcional y relacional de la actividad empresarial: el know what, el know how, el know why, el know who... El segundo (information literacy) surgía entre documentalistas y en algunas universidades, en sintonía con la creciente preocupación por el aprendizaje permanente (self directed lifelong learning). La idea de suficiencia informacional apuntaba ya entonces al acceso, uso y aprovechamiento de la creciente información disponible, aunque todavía no utilizábamos Internet.

Desde aquellos primeros años 90, por una parte, el avance de la gestión del conocimiento en las empresas no ha sido siempre satisfactorio, a pesar de las potentes herramientas disponibles; y por otra, la información ha seguido multiplicándose sensiblemente y poniéndose a nuestra disposición a través de las TIC: se dice que la información disponible se duplica ya en nuestro mundo cada dos meses. Hoy, aquellos conceptos —gestión del conocimiento y destreza informacional— se han aproximado muy visiblemente entre sí en el mundo empresarial, para entrar en sinergia con las emergentes figuras del nuevo directivo y el nuevo trabajador, también muy especialmente con la idea del aprendizaje permanente, y desde luego con la necesidad de innovar y, en definitiva, con la evolución de la economía.

Pero cabe hablar igualmente de otros movimientos en curso, e íntimamente relacionados con los anteriores. En conjunto, hablaríamos de:

  • El aprendizaje y desarrollo permanente (lifelong learning movement).
  • La destreza informacional (information literacy movement).
  • La necesidad de innovar (innovation movement).
  • El pensamiento crítico (critical thinking movement).
  • La economía del conocimiento (knowledge management movement).


En las organizaciones, la destreza en el uso y aprovechamiento de la información interna y externa accesible parece más que necesaria, aunque no siempre la poseemos en el grado preciso. Quizá las nuevas generaciones salgan de las universidades con sólida preparación para el aprendizaje permanente, pero las empresas ya necesitan hoy mayor dosis de conocimiento, para mejor encarar sus retos de competitividad y prosperidad en la nueva economía. El concepto de excelencia empresarial ha evolucionado también con las nuevas realidades, y no parece cuestionarse que debamos ser asimismo excelentes en la traducción de información a conocimiento, y en el flujo de éste en las empresas. Todo apunta ciertamente a la necesidad de que mejoremos sensiblemente nuestra competencia informacional.


Cómo nos relacionamos con la información

Puede decirse que muchos de nosotros somos procesadores humanos de información: consultamos muchos papeles y generamos más. Aprendemos continuamente y contribuimos, mediante la innovación, a extender las fronteras de nuestro campo del saber. Lo que hacemos está lleno de conocimiento: el que hemos adquirido, el que seguimos adquiriendo y el que nosotros mismos hemos generado. Sin embargo, el paso de la información (que yace en soportes) a conocimiento (que yace en personas) es extremadamente complejo —nada automático— e invita al análisis y la reflexión. Puede decirse que el tratamiento de la mucha información que se nos ofrece consta de los siguientes pasos:

  • Conciencia de la necesidad de información.
  • Definición del patrón de búsqueda.
  • Identificación de las fuentes.
  • Acceso a las mismas (humanas, impresas o electrónicas).
  • Localización de información útil.
  • Descubrimientos paralelos.
  • Examen de la información.
  • Interpretación y evaluación de la misma.
  • Contraste de informaciones.
  • Integración y aprendizaje.
  • Combinación con conocimientos anteriores.
  • Establecimiento de conexiones.
  • Posibles inferencias y abstracciones.
  • Síntesis y conclusiones.
  • Reflexión sistémica.
  • Aplicación y difusión.


En efecto, los directivos y trabajadores del conocimiento, antes de actuar —realizar un estudio, definir un proyecto, preparar una oferta, diseñar un proceso o producto, organizar una actividad, elaborar un plan, solucionar un problema, etc.— nos informamos, aprendemos, reflexionamos, y aplicamos finalmente lo aprendido, o lo difundimos. Cada nuevo saber ha de encajar en el acervo existente y contribuir a resultados. He aquí entonces la lista de subtareas del tratamiento de información como materia prima; subtareas que describen, por un lado, el camino de nuestro aprendizaje permanente, y que por otro constituyen buena parte de nuestro desempeño cotidiano: el conocimiento es, básicamente, capacidad de actuar.

Realizar satisfactoriamente estas subtareas resulta tan trascendente que no podemos eludir un análisis de competencias necesarias. Necesitamos competencias operacionales (conocimiento del campo, estrategia de búsqueda e indagación, manejo de herramientas, capacidad de comprensión y síntesis, cuestionamiento y evaluación de la información, materialización del aprendizaje…), pero también competencias de carácter personal (autoconocimiento, afán de aprender, flexibilidad, concentración, tenacidad, pensamiento crítico…). Pero éstas serían sólo las competencias informacionales de tipo “pull”, es decir, las que ponemos en marcha para aprender; habría que sumar otras de tipo “push”, relacionadas con la generación de información a que también estamos obligados.

En efecto, nuestro perfil de directivos y trabajadores del conocimiento nos obliga a generar información para los demás: a expresarnos oralmente, pero sobre todo a escribir. Sumemos entonces otras competencias informacionales, tanto operacionales (alegación, comunicación escrita...) como personales (manejo de conceptos, empatía, espíritu colectivo…). Muchas grandes empresas han desplegado sus modelos de competencias para la gestión de los recursos humanos, pero puede que las competencias informacionales, como las conversacionales, hayan sido subestimadas, si no preteridas, en algún caso. El hecho es que no podemos dar por supuesta nuestra destreza informacional en la economía del conocimiento: estupendo si somos competentes en esta área, pero comprobémoslo.

Hay que recordar que, en nuestra asignación de significado a los significantes (el estudio de la información), influyen nuestros intereses, inquietudes y deseos, nuestros conocimientos y experiencia anteriores, nuestras creencias y modelos mentales que filtran la realidad…; o sea, que hemos de hacer un esfuerzo de objetividad del que no siempre somos conscientes. Dicho de otro modo, por un lado hemos de neutralizar las interferencias endógenas (y en su caso las exógenas), y por otro hemos de desarrollar las competencias informacionales diversas (personales y operacionales) a que nos referíamos.


Conclusión

Hemos hablado de 16 pasos precisos en el tratamiento de la información técnica y científica como materia prima, y hemos de insistir finalmente en que, en general, cualquier deficiencia en cada uno de ellos se arrastra en los siguientes. Lo que está en riesgo es la adquisición del conocimiento necesario en cada momento, y al respecto diríamos que quizá hay algo peor que la ignorancia: un falso aprendizaje. Si ya los buenos aprendizajes pueden quedar obsoletos en poco tiempo y no siempre estamos atentos a su renovación, imaginemos lo peligroso que pueden resultar los aprendizajes equivocados o incompletos, fruto quizá de notables deficiencias en el uso de herramientas, o en la penetración durante la búsqueda, o en el pensamiento crítico, o en el rigor de las inferencias, o en la integración de saberes.

Y un último detalle para el lector interesado que me haya acompañado hasta aquí: no olvidemos los posibles serendipitosos descubrimientos durante nuestros accesos a información. Podemos topar con interesantes informaciones que, aunque no respondan a nuestro patrón de búsqueda, convenga dejar registradas para un futuro próximo. Seguiríamos diciendo cosas —como, por ejemplo, que casi nunca agotamos las posibilidades de aprender, a partir de cada información considerada valiosa—, pero lo dejamos por hoy. No olviden evaluar sus destrezas informacionales, con ánimo de mejorarlas para llegar a ser informacionalmente excelentes.

No cabe pensar en excelencia informacional individual sin una suficiente percepción de las realidades, sin un pensamiento crítico debidamente desarrollado, sin el componente intuitivo que nos permita asignar el mejor significado a cada significante.

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