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Japón, las mujeres en el trabajo
AUTOR: Juan Manuel González Cerda TEMA: Mujeres en los negocios
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En Japón, antes de la ocupación, la poligamia había sido un fenómeno usual en los ricos y los poderosos. Los hombres de todos los niveles sociales podían divorciarse de sus esposas por ofensas tan triviales como el hecho de que hablasen demasiado, pero las mujeres no podían promover ningún tipo de separación, a menos que sus maridos hubiesen cometido delitos graves. La unidad legal básica de la sociedad era la ie: la casa. Al contraer matrimonio, la mujer entraba a la ie de su marido y abandonaba su propia identidad. A las jóvenes esposas se les trataba como criadas, las suegras las oprimían sin piedad si no realizaban bien las tareas serviles. Aguantaban porque sabían que, veinticinco o treinta años después, les llegaría el turno de desempeñarse como suegras para vengarse de una vida entera de frustración.

Las autoridades de la ocupación abolieron la ie como concepto legal, le dieron a la mujer el derecho de votar y una protección constitucional más sólida que la que existía en los Estados Unidos. Sin embargo, la legislación no podía eliminar hábitos de pensamiento profundamente arraigados. En Japón, la participación de las mujeres en la sociedad está mucho menos avanzada que en otros países ricos. Aunque recientemente ha habido avances significativos, Japón no tiene un movimiento femenino digno de ese nombre. La premisa estándar, que comparten ambos sexos, es que el propósito principal de la vida de una mujer es cuidar de su hombre y criar a los hijos.

Las japonesas ya no caminan, como antes, diez pasos detrás del hombre, pero todavía no lo alcanzan. La diferencia de los roles sexuales está afirmada aún en el lenguaje. El símbolo del kanji (escritura japonesa) que representa al hombre alude a la “fuerza en el campo”, el de la mujer a la “matriz”. Desde la edad temprana, se enseña a las japonesas a someterse a los hombres de su familia, a cubrirse la boca cuando se ríen y a cultivar una personalidad astutamente sumisa que apuntala el ego del varón. El lenguaje que aprenden difiere del que utiliza el hombre japonés, no solo por el tono sino también por la gramática y el léxico.

La mayoría de los japoneses se casan a la edad “ideal” o muy cerca de ésta, veinticinco años en el caso de una mujer y veintisiete en el de un hombre. Los que continúan solteros en la treintena reciben la denominación de artículos de rezago; son el blanco de advertencias en voz baja y de comentarios burlones. En el caso de una mujer, se trata de una condición especialmente lamentable porque el camino del progreso económico es largo y difícil.

Después del matrimonio, los territorios del hombre y de la mujer están claramente separados. En el hogar, las mujeres ejercen la autoridad total, administran las cuentas de la casa y supervisan la habitación de los niños. Los maridos entregan el sueldo mensual y reciben una asignación mensual regular. No se espera de ellos que cocinen o ayuden en las tareas de la casa e incluso la más leve inclinación en ese sentido parece un signo de virilidad insuficiente. Los niños japoneses están acostumbrados a no ver a sus padres los días entre semana, sino solo durante períodos breves el fin de semana. El marido tiene que estar en la oficina o fábrica para asegurar la mejor vivienda y la mejor educación que estén a su alcance.

Las mujeres pertenecen al hogar y esa sigue siendo la ortodoxia japonesa. Entre 1967 y 1985, el número de mujeres que trabajan pasó de diez a quince millones. Ahora, más de un tercio de la fuerza de trabajo es femenina y la mitad de todas las casadas trabaja. Estos índices son similares a los índices europeos y norteamericanos, la diferencia esta en el tipo de trabajo ejecutado. Solo una minúscula proporción de trabajadoras ocupa posiciones responsables. La gran mayoría esta atada a tareas administrativas secundarias que no ofrecen perspectivas de progreso. La mujer japonesa media gana solo el 52% de lo que gana el varón japonés medio. Este es un diferencial mucho más considerable que el existente en cualquier otro país rico, y más que el de algunos países en proceso de desarrollo.

Las mujeres llevan menos a su hogar porque se les excluye del sistema que determina las principales recompensas. El empleo vitalicio, con sus pagos cada vez más elevados por antigüedad y sus bonificaciones es solo para los hombres. La mayoría de las grandes empresas inducen a sus empleadas a “retirarse” cuando se casan, es decir, generalmente a la edad de veinticinco años. Una mujer soltera que se acerca a los treinta años se convierte en una “señorita vieja” motivo de incomodidad para todos los que la rodean. Probablemente sabrá más acerca del trabajo del departamento que sus colegas masculinos que pasan a mejores puestos después de tres años, pero un japonés jamás aceptará el consejo ni mucho menos las ordenes de una mujer. Las mujeres más jóvenes la mirarán con malos ojos. Los administradores se sentirán culpables porque no han conseguido satisfacer las expectativas de los padres de la dama en cuestión. Todos se sentirán incómodos a causa de que la jerarquía no corresponda con la experiencia de la interesada.

Cuando reclutan mujeres, muchas compañías prefieren a las diplomadas de secundaria que a las de carrera profesional ya que aquellas trabajaran siete años antes de casarse y éstas solamente disponen de tres o cuatro años. Desde el día que se incorporan a la empresa, las empleadas están separadas de sus colegas masculinos y reciben entrenamiento especial en el arte de hacer reverencias, atender cortésmente el teléfono y ofrecer té a los visitantes.

Si las mujeres japonesas no reciben las recompensas del sistema, tampoco se les exigen los sacrificios pesados de los varones como trabajar horas extraordinarias, hacer viajes agotadores y mal financiados, cambiar su lugar de residencia con un mínimo preaviso, etc.

Las mujeres japonesas son personas muy educadas, a menudo más eficientes que los japoneses en los idiomas y menos atadas por el pensamiento grupal. Condenarlas a una vida de trabajo trivial y rutinario representa para las compañías individualmente, y para la economía, un inmenso despilfarro de recursos humanos. Las japonesas ya están penetrando en áreas nuevas como la biotecnología. De un total de 320 investigadores de biotecnología en el laboratorio central de la Mitsubishi Chemical, 125 son mujeres.

El cambio está llegando, no por el aumento de la conciencia política femenina sino por los profundos movimientos económicos y sociales. Las mujeres solteras son ahora el grupo más importante de consumidores. Por ejemplo, la Mitsubishi Electric and Suntory, ha organizado equipos de diseño y comercialización encargados de desarrollar productos para el consumidor femenino. Ahora, hay más de veintocho mil presidentas de compañía, todavía una proporción muy reducida de todo el conjunto, pero que crece rápidamente. El aumento de la participación de las mujeres en las actividades importantes ha correspondido más a la lógica económica que por el convencimiento de los varones japoneses.

El grado de éxito que Japón alcance en las etapas siguientes de su desarrollo probablemente dependa de la capacidad de las compañías para aprovechar el talento de las mujeres que ya trabajan en las empresas.

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