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Sócrates: no a la corrupción

AUTOR(A): Jorge Yarce TEMA: Corrupcion PUBLICADO: 22/05/2012
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Todos sabemos algo de este filósofo griego fundador de la filosofía moral tal como la conocemos en la tradición de Occidente, que posteriormente Aristóteles denominaría con el nombre de Ética: tratado del carácter y de la virtud como hábito de hacer el bien. Fue maestro de Platón, quien narra su juicio y su condena a muerte en el diálogo titulado “Defensa de Sócrates”.

Sócrates fue en su época un auténtico espíritu crítico e independiente. Su escuela de filosofía, llamada por él mismo mayeútica, una especie de parto intelectual (su madre era partera) la enseñaba conversando por calles y parques, con sus discípulos, haciéndolos pensar y sacar las conclusiones a medida que los interrogaba o que respondía sus preguntas utilizando la ironía.

Sócrates fue acusado de ateísmo y de corrupción de la juventud ateniense por enseñar que había un dios diferente de los dioses oficiales de la ciudad, cuya voz, que el seguía desde niño, le había apartado del mal y le había enseñado a hacer el bien. Se defiende el solo ante los jueces y no se retracta de lo que le acusan e incluso les dice que si lo absuelven seguirá enseñando lo mismo y, además, no puede traicionar a todos los que le han seguido. La ironía, que era su arma predilecta al filosofar, esta vez le costó la vida.

Los enemigos de Sócrates lo consideraban parte de los sofistas, la escuela anterior a él, retóricos que no creían en la verdad, que en realidad se convirtieron en embaucadores que usaban argumentos ingeniosos para convencer a los demás. A pesar de que era muy distinto a ellos, sus enemigos utilizaron esta arma para aprovechar el odio que existía en Atenas a los sofistas, a quienes acusaban de todos los males que padecía la ciudad, y dirigieron ese odio contra Sócrates. Terrible error porque él, contrario a los sofistas, ponía por delante su amor a la verdad y al bien, y acusaba a los sofistas de ignorancia porque estaban más seguros de su propia sabiduría que de la verdad misma.

El tribunal de los Quinientos lo declara primero culpable de impiedad y luego aprueba la pena de muerte con la cicuta o veneno mortal. Muere víctima de su amor a la justicia que respeta hasta el último momento, no aceptando retractarse ni escapar a ella por medios ilícitos. No quiso ceder a las presiones de sus amigos que intentarán que escape de la cárcel y de la ciudad para evadir la justicia de Atenas, ciudad de la cual no era oriundo. E incluso en su defensa fue tan insolente e irónico con los jueces, que eso aumentó el número de votos en su contra cuando, después de declararlo culpable, emitieron la sentencia de muerte.

Casualmente, debido a una costumbre religiosa de la ciudad que tenía lugar en esos días, transcurrió un mes entre la condena y la ejecución. Sus amigos aprovecharon ese tiempo para tramar una solución y sacarlo de la cárcel. Reúnen suficiente dinero para pagar a los carceleros y a los posibles delatores profesionales de los que se fugaban, tal como se lo cuenta Critón, a quien encargaron la tarea de visitarlo en la prisión y convencerlo del plan. Se trataba de un doble acto de corrupción, con soborno y pago de chantaje de por medio.

Quienes creen que es un fenómeno sólo de ahora están equivocados. Como lo están quienes creen que es algo propio de la naturaleza humana. Es propio no de la naturaleza sino de la libre voluntad de las personas que deforman su conciencia. El creador de la filosofía moral y campeón de la justicia, en vísperas de morir por sus convicciones, es objeto de este asedio por parte de sus seguidores, quienes no aceptan que una vida tan valiosa sea injustamente cortada. Están convencidos de que el fin justifica los medios y tratan de validar su mala acción ante el maestro. Pero Sócrates les da liebre por gato, ofreciéndoles una inolvidable lección de integridad la víspera de su muerte.

El relato de Platón en el diálogo “Critón” es sencillamente espectacular. Lo resumo: Critón entra en la madrugada a la cárcel sobornando al carcelero y se presenta ante Sócrates con la propuesta ya mencionada que conlleva comprar a los carceleros y a los delatores. Le insiste en que hay plata suficiente para pagarles a todos. Para Sócrates aceptar eso sería traicionar su vida, su pensamiento y su conciencia. Y sería invalidar todo lo que ha enseñado. Ese dios que lo exhorta a enseñar la virtud a los hombres, ahora le da razones más poderosas que el deseo de conservar la vida. Las razones de sus discípulos son muy débiles frente a las leyes que deben ser respetadas para no provocar la ruina de la democracia. Además hay razones íntimas, de índole personal, que le impiden tanto retractarse de lo que ha enseñado como aceptar el soborno para salvar la vida.

Su última lección es el primer grito de “cero corrupción” en la historia de la ética. De nada vale la insistencia de Critón en que la ciudad es injusta con ellos y sus sentencias también son injustas. “Las leyes pueden estar erradas, le dice el maestro, por tratarse de cosas humanas, pero esencialmente tienen una raíz divina y atentar contra ellas sólo puede causar males. Hay que obedecerlas con todas sus consecuencias”.

Critón le insiste: “No desistas de salvarte”. Además, “estás traicionando a tus hijos que se quedarán huérfanos”, “estás siguiendo el camino más fácil, no el de un hombre de bien que toda su vida ha procurado la virtud”… “seríamos unos cobardes si no te sacáramos de la cárcel”. Sócrates se mantiene en sus cabales, sin alterarse para nada. “Yo no sólo ahora sino siempre he sido un hombre dispuesto a obedecer a lo que la razón me demuestra como mejor. Si no hay otras razones mejores no puedo aceptar esa propuesta que me hacen, ni aunque el poder de la multitud nos atemorice con la muerte o con la confiscación de los bienes”.

Y sigue: “No es el vivir lo que ha de ser estimado en el más alto grado, sino el vivir bien, rectamente. Y vivir bien, vivir honestamente y vivir justamente son lo mismo”. Lección de integridad, lección de amor a la justicia, lección de honestidad y de amor al bien y a la virtud más que a la vida misma. Y le añade a su discípulo: “si viéramos que es justo que yo escape de la muerte y de la cárcel en esta forma, yo lo haría. Pero pensemos más bien si obramos justamente pagando dinero y prodigando favores a los que nos sacarían de la cárcel convertidos en fugitivos además de ser cómplices de la huida, o si realmente haciendo así cometemos una verdadera injusticia. Hemos de sufrir lo que quiera que fuese con tal de no cometer una injusticia... El cometer una injusticia es malo y vergonzoso para el que la comete. No se debe volver injusticia por injusticia, ni hacer daño aun en el caso de que recibamos de un mal, el que fuere. Esos no son modos rectos de obrar”.

“No podemos burlar aquello que hemos convenido que es justo. Si yo intento escaparme de la cárcel, podrían venir las leyes y gobernantes y decirnos: “¿Que piensas hacer?” “¿verdad que con eso intentas destruirnos a las leyes y a la ciudad entera?, dejando sin fuerza alguna las sentencias que pierden su autoridad y son aniquiladas”

Desarma a Critón diciéndole que piense en qué beneficios puede traerle a él y a sus amigos violar sus compromisos, porque también todos ellos correrán el peligro de caer en manos de las leyes y pagar caro por su crimen. No le queda más remedio que recordarle que “la virtud y la justicia, las normas tradicionales de conducta y las leyes han de gozar de la máxima estimación de los hombres”.

Además, le expone un argumento de sentido común y muy humano: “¿No crees que no habrá alguien que saque a relucir el hecho de haberte atrevido a tu avanzada edad, con poca vida por delante, a quebrantar las leyes por un excesivo apego a la vida?”. Como quien dice, “ten un poco de vergüenza para no caer en el ridículo”. Y para concluir su absoluto rechazo a la corrupción que se le propone apara salvar su vida, se despide de su discípulo con estas palabras: “Ten por seguro mi querido Critón que al modo como los sacerdotes de la diosa frigia Cibeles, que en estado de alucinación creen escuchar las flautas de los acompañantes de la diosa, en mi interior resuenan las palabras “no devolver injusticia por injusticia, quebrantando las leyes que he prometido obedecer”, que no me permiten escuchar otras distintas, porque es lo que mi indica mi modo de pensar, y lo que me indica la divinidad”


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